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ARTENUESTRO

06/10/2008 GMT 1

MI CINE SE FUE CON LA LLUVIA.

bayamo @ 16:24

“¿Cuántos cines había entonces en la ciudad? Así, sin pensarlo demasiado, ahora mismo evoco nueve: “Casablanca”, “Alkázar”, “Encanto”, “Guerrero”, “América”, “Avellaneda”, “Social”, “Camagüey”, “Amalia Simoni”. “
No voy a hacer muchas acotaciones en torno a las palabras que anteceden estas líneas porque todo aquel que las lea y sea adicto al cine cubano y a los que de este escriben solo podrá pensar dos nombres detrás de esas frases: Luciano Castillo o Juan Antonio García. Son del segundo de estos prestigiosos críticos: ese segundo es un alma nostálgica que aun después de muerto estará desandando por los sitios donde estuvieron esas salas que en sus recuerdos vagan con el viento que se las lleva cada día y a cada hora en que él las rehace al pensarlas.
Creo que muchos de nosotros tenemos un cine de la infancia que se ha ido o tal vez más de unos. Me fui a la Habana de niño con mi madre y dejé un majestuoso cine Politeama en el Batey del central Chaparra y un cine sin majestad alguna pero con un encanto de saloon de western donde se confundían los adornos de praderas californianas con sombrerotes mejicanos, matas de cactus en las paredes, mantas, un colt y potros como adornos que su dueño se antojaba; ese era el cine de Pueblo Viejo, si tenía nombre no puedo recordarlo. El dueño era Batista, un señor canoso y blanco que en un jeep anunciaba por el día todo cuanto se exhibiría en las noches por los precios de 15 o 30 centavos. Delante de cada uno de los cines de Chaparra usted podía leer las carteleras que las hacía un muchacho lisiado y luego pasaron a la responsabilidad de Pachi Céspedes. La plantilla del diario del cine de Pueblo Viejo era de tres personas más conocidas en el pueblo que cualquier senador: Ermita, Campín y Nicolás, cariñosamente conocido como “el diablito”, porque así se disfrazaba para tiempos de fiestas. En La Habana me hice asiduo del City Hall, el Maravillas, el Manzanares, el Infanta y cuando había un gran estreno me iba con mi tío hasta el Radio centro.
Ya me había hecho un adicto a los cines que circundaban la casa donde residía en La Habana y me censuro haber olvidado por un tiempo a mi viejo Politeama de pantalla cinemascope y a la guarida de madrea que crecía junto al Palín de Pueblo Viejo. Llegaron los años sesenta del pasado siglo (parece muy distante cuando se habla así) y el ciclón Flora- como todos le llamaron y como lo eternizó Santiago Álvarez en la imagen- una especie de huracán Ike con mucha más saña trajo un vendaval de aguas que deterioró y dejó agonizando a mi vieja sala oscura. Mi dolor fue inmenso pues solo fui consciente del hecho cuando regresé a Chaparra y sentí que le había traicionado por haberle dejado solo. El agua comenzó la labor que los modernizadores terminaron. Ya los enamorados no podrán ir más a sentarse en el parque frente al cine para arrullarse y darse besos clandestinos mientras esperan la función de las nueve. Parece mentira que siendo la lluvia tan melancólica y romántica no haya tenido compasión al llevarse mi cine.
Juan R. Martinez

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